Odio los vestuarios del gimnasio, siempre que entro huele a lo que no huelen las nubes; huele a rancio, a calcetines sudados y cualquier cosas que de pensarla hace que pongas cara de asco. Suelo coincidir con la hora en que los treintañeros fondones, cuarentones y cincuentones se están yendo, sin olvidar al abuelete cansino que se me queda mirando con cara de lascivia, y la verdad es que no me pone. Aunque si tuviera un cabrio, una visa oro y un apartamento en la costa la cosa podría cambiar, todo tiene un precio, como dijo Groucho Marx:
– ¿Se acostaría conmigo por 1 millón de dólares? – ¡Claro! – ¿Y por 1 dólar? – ¿Usted quién se cree que soy? – Señora, lo que es usted ya lo he descubierto; ahora discutimos el precio (Groucho Marx)
No tengo nada en contra de la gente por su físico, pero entrar y ver todos esos grandes cuerpos peludos desparramados no me alegra el día. Es un aviso del reloj de la vida, que me dice que como no me siga cuidando puedo acabar igual. Y cuidarse significa dieta, depilación, tomar el sol y muchas cosas más que cuestan tiempo y dinero, es lo que tiene ser aprendiz de metrosexual.
Después de ese contacto con la realidad, en la sala de pesas el panorama cambia. No suele haber muchas chicas, y si hay alguna interesante, puedes contar hasta tres antes de que aparezca el novio o que un monitor pierda el culo por ella y le dedique más tiempo ese día del que me ha dedicado a mi en dos años. Como dice el refrán, tiran más dos tetas con top ajustado que un Sebastian poniéndose rojo al hacer sus series en silencio.
No todo es malo, porque empiezo a fijarme en los cuerpos de otros chicos, mientras pienso qué dopante de caballos tendría que comprar para ponerme así en dos meses o qué les pasó a mis genes, que no nací cuadrado de serie. Pero eso me anima porque pienso: hoy hago unas series con más peso, que aunque haga el ejercicio mal, el monitor está con aquella y no me dirá que lo haga bien ni estará atento por si una de las pesas se me cae encima.
Corrijo: algunos días como hoy, justo en esa serie que ya no puedes más, viene el monitor, te corrige, y te acuerdas de su familia, porque si ibas justo, ahora que sabes cómo se hace bien el ejercicio te sobran unos kilos (de las pesas ;).
De vuelta a los vestuarios el paisaje ha cambiado. Si antes veía lo que con el tiempo puedo llegar a ser, ahora veo lo que me gustaría llegar a ser. Es como cuando estaba en la sala de musculación pero sin camisetas, solo carne y algunos tatuajes. Vuelvo a pensar en pedirle a alguno el teléfono de su veterinario, para que me haga las mismas “recetas”, o en sacar la cámara de fotos y copiarme ese tatuaje tan chulo que lleva ese en… la espalda.
En la báscula compruebo que los milagros no existen y me voy para la sauna, sin olvidarme de hacer un poco el cachas delante del espejo. El abuelete me está esperando en el jacuzzi (nunca comparto el jacuzzi, darling, deberías saberlo), mientras como de costumbre le ignoro y me meto en la sauna, quedando fuera de mi y su campo de visión.
Sentado con las piernas cruzadas como buda, empiezo a sentirme como nuevo mientras espero a que la arena del reloj deje de correr. Es la hora de arreglarse, recoger, ir a casa, cenar muchas proteínas, ver la tele, y si tengo alguna idea, escribirla en mi blog.
Solo falta añadir aquello de cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.